jueves, febrero 04, 2010

5:00 a.m.
Jueves 4 de febrero 2010


Suena el despertador con su monótono tono. Me froto la cara y poco a poco voy reconociendo mi habitación, hasta que el giro de mi cabeza termina cerca del rostro de mi esposa, ella tarda un poco más para reaccionar ante el zumbido que irrumpe en la oscuridad de la madrugada. Bajo la luz del aún encendido farol de la calle que entra tenue por la ventana, puedo verla sonreírme y acercarse para darme un beso de buenos días. Después de un par de arrumacos me incorporo para comenzar la jornada. Exploro las cercanías de la cama en busca de mis babuchas, “Diablos!” -me digo para mis adentros- “Dónde diablos está el otro par?” Mientras tanto, en una habitación contigua, el más pequeño de mis hijos ya da señas de estar despierto y escucho que comienza a forcejear con las sábanas y a sollozar para que se le de el primer sorbo de leche del día.
Ni tardo ni perezoso y rengueando por la falta del extraviado calzado me dirijo a verlo. Es un cuadro precioso, mi bebé de 1 año 3 meses frotándose la carita y enfocando sus ojitos en la mirada de papá. Me extiende una gran sonrisa que deja ver su incipiente dentadura. Alza sus bracitos para que lo tome, el muy consentido. Vamos ambos a la cocina y le preparo su vasito con leche tibia. Mi niña, de ocho años también se escucha refunfuñar. Probablemente ha salido de su ensoñación de hadas y fabulosos seres mágicos para encarar la nada agradable realidad de que hoy tiene examen en su escuela, la escucho que comienza a vestirse. Después de un breve momento de paz la casa se convierte en un verdadero remolino. Ducha rápida, almuerzo de los niños “¿dónde están mis llaves?” “¿sacaste la basura?” “¡Apúrate, que se nos hace tarde!”, en casi media hora, el universo en caos, otra vez en orden, y ya todo mundo está listo para partir, enfundados en bufandas, guantes, chaquetas.

Beso de despedida a mi esposa, quien es la primera en partir, y veo cómo se aleja en su auto rápidamente calle abajo. Vuelvo a mi auto, abrocho la hebilla del sillín de bebino, mientras su hermanita lo distrae con un juguete de plástico, mochila en cajuela, encendido del auto y acciono la calefacción pues el fresco matutino aún invernal de 9 grados comienza a calar. Todos vamos presurosos ya en la carretera, bebino a su guardería, la pequeña a su cita con un examen de ciencias naturales.

Después de haber dejado a los retoños, y enfilándome a mi oficina, observo con cierto desagrado lo pesado que poco a poco se ha tornado el tráfico, hasta llegar a un punto en el congestionamiento vial que me obliga a dar el alto total. Pensaría que no es nada fuera de lo normal, ya que estamos en la primera de las 6 horas pico del día, lo inusual, sin embargo, es el olor a chamuscado, el paso de varias ambulancias y patrullas de vez en vez por las principales arterias del centro de mi ciudad y un éxodo de personas caminando con paso apurado en dirección contraria a la que la serpiente de autos se enfila y en la que voy incluido.

Veo el reloj, faltan ya pocos minutos para la hora de mi entrada a laborar y estoy atascado en una interminable culebra de metal y cristal.
“¡Es increíble!” –Pienso, bueno, casi grito- “¡Mi trabajo queda a siete cuadras de aquí y me he movido medio metro en los últimos quince minutos!”.

Golpeteando nerviosamente el volante con la punta de mis dedos, algo me hace desenfocar la vista de la hipnotizante pegatina de una calavera atravesada por un machete que luce el vidrio trasero del auto de enfrente; alcanzo a distinguir que en una avenida conexa, un par de cientos de metros más delante, irrumpe una masa de gente obstruyendo el ya inmóvil tráfico. “¿Otra manifestación?” –deduzco mientras veo si alguno de mis vecinos hace algo- luego fijo mi vista un poco más lejos y arriba, algo comienza a cubrir la luz del sol que apenas termina de apartarse del horizonte, es un humo denso, rojizo oscuro que se extiende rápidamente, busco su origen en el obstruido paisaje y veo que proviene de varios lugares cercanos, puntos al azar dentro del perfil de edificios del centro de mi ciudad.

Luego, me percato que la masa amorfa de personas súbitamente comienza a avanzar frenéticamente hacia los autos y a abordarlos con una violencia incontenible, varios conductores deciden, tarde, intentar maniobrar para dar la vuelta, pero son tantos y están tan apretados en la avenida que resulta muy difícil. Al ver a los atacantes tan cerca, muchos conductores deciden embestir al del lado, al de enfrente o detrás suyo en orden de zafarse de tan inesperada y aterradora reacción. Algunos, en su desesperación saltan la valla de protección en un paso a desnivel cayendo irremediablemente metros abajo, aplastando a otros autos varados. Mi estupor comienza a carecer de límites, me encuentro atestiguando aquel cuadro demencial en completa parálisis, congelado, apretando el volante de mi auto como si tratara de arrancarlo de cuajo. De repente veo pasar corriendo a varios conductores que de plano han decidido abandonar sus autos y huir del lugar, las personas de a pie también comienzan a alejarse rápidamente de la avenida en sentido contrario gritando y lloriqueando.

Por fin en la escena aparece un camión de la policía con agentes antimotines y varios elementos de la guardia montada invadiendo el carril contrario intentando llegar rápidamente a la escena, se atascan unos cuantos metros adelante pues la calle ya está atestada de vehículos abandonados. Los agentes salen a toda carrera hacia el sitio del conflicto. Los primeros en llegar son los que van a lomos de sus corceles, quienes denotan un acusado recelo para seguir avanzando, un par de ellos se desembarazan bruscamente de sus jinetes y se alejan como rayos por donde llegaran unos segundos antes. Los pocos agentes que alcanzan a la primera oleada de “manifestantes” son recibidos a dentelladas y arañazos por parte de los mismos, parece como si los estuviese rodeando una jauría de perros hambrientos.

Se escucha el lastimero y escalofriante relincho de uno de los caballos y veo con estupor que uno de los manifestantes tiene hundido medio brazo en el cuello del equino, un gran chorro de sangre comienza a bañar a un grupo cercano de rijosos quienes parecieran extasiarse en un retorcido frenesí al contacto del interminable flujo cálido y rojizo que sale a borbotones del pobre animal, a pesar de las erráticas embestidas del moribundo equino, la multitud se abalanza rabiosamente hacia él haciéndolo caer, el jinete corre la misma suerte y lo único que alcanzo a ver es una verdadera ola humana siguiendo la estrepitosa caída.

Luego, llegan los oficiales de a pie que desesperados tratan de auxiliar a sus compañeros, con sus bastones arremeten en contra de la multitud y reducen a unos cuantos, con sus escudos empujan a los más débiles. En ningún momento los oficiales dejan de repartir golpes y empujones, a pesar suyo se ven rodeados por la masa humana pues en un santiamén los han superado en número. Luego con gran sorpresa alcanzo a distinguir al uniformado de la montada que acaba de ser linchado por la marea enloquecida y se ha levantado como resorte, ensangrentado, roído y destrozado. Toma por el cuello a uno de sus compañeros, asestándole un gran golpe con su… …con su muñón. “¡No lo creo!, ¡No lo creo!” -es la única frase que repito dentro de mi cabeza- “¿En qué puta pesadilla estoy?” Se escuchan a lo lejos unos sonidos como la deflagración de petardos, o armas de fuego, luego en el lugar de la trifulca incontrolable comienza a descorrerse una pesada cortina de humo proveniente de las bombas lacrímógenas, casi como si fuera un fantasmagórico telón que intenta terminar el horroroso acto del cual estábamos siendo espectadores.

Pero nada, la situación no ha cambiado un ápice y el sonido de la pelea va en aumento. Lo que me hace soltar el volante y desabrochar mi cinturón después de tres fallidos y temblorosos intentos es una bala que destroza el espejo retrovisor de mi auto. Salgo agachado y moviéndome lo más rápido que puedo entre la fila interminable de autos. Pronto me veo corriendo junto con varias decenas de personas más, como si fuera participante de un macabro maratón de pánico. De repente el gélido viento comienza con gran fuerza a soplar a nuestro favor trayendo sólo más problemas, la densa capa de humo y los gases lacrimógenos nos alcanzan.

Entre el apretujado grupo de personas escucho gritos desgarradores, cristales haciéndose añicos y algunos conductores aún dentro de sus vehículos, acelerando y tocando la bocina como enloquecidos, quizás con la esperanza de desatorar sus unidades de esa trampa mortal. Uno de esos autos me golpea con la defensa trasera y me manda al suelo, mi rodilla no se siente nada bien, he golpeado duramente el pavimento con todo mi peso. Al querer levantarme, varias decenas de personas me lo impiden, empujándome al asfalto una y otra vez, pisoteándome y tropezando a su vez conmigo. Luego, sufriendo una carraspeante tos e interminable irritación de mis ojos, cuyo lagrimeo constante comienza a mermar mi visión, apenas percibo que estoy encima de otra persona, un indigente, frío e inmóvil, que ha quedado tendido en el camino presa de la estampida de los prófugos de esta pesadilla. Mientras trato de incorporarme entre múltiples empujones y grandes esfuerzos, veo que el pobre diablo llevaba abrazado fuertemente en el pecho un cartel rotulado a mano que decía con faltas de ortografía “¡¡¡El Fin Está Serca, Arepientete!!!”.

Un grito inusual varios metros detrás de mí me hacen salir de tan hipnotizante y fatídica advertencia. Los “manifestantes” ya nos han alcanzado y comienzan a derribar a la gente de un grupo cercano a mí. Lo que vi a lo lejos hacía unos momentos, se vuelve a repetir justo en mi cara, esta gente totalmente fuera de sus cabales comienzan a golpear, morder y desgarrar a sus víctimas, algunas profieren horripilantes lamentos que se ahogan abruptamente, otros sujetos deciden repeler la agresión con alguna arma improvisada que van encontrando. Estos últimos se ven rápidamente rebasados en número y sólo han preparado el escenario para un violento y salvaje linchamiento.

Estaba observando todo esto mientras yacía agazapado en el espacio entre dos vehículos, tratando con mi ropa de improvisar una máscara que me protegiera del denso e irritante humo, cuando un tipo enloquecido me cae encima. Mi primer fallo: apoyar la rodilla dolorida, el segundo: gastar mi oportunidad de arremeter contra él y en vez de eso, torpemente tomarlo por el hombro para tratar de reducirlo. El tipo con una velocidad y fuerza increíbles me tuerce el brazo siguiéndole todo mi cuerpo, dejándome de boca en el pavimento y a su merced, intuyendo el momento de la dentellada, me logro zafar con un movimiento repentino y el desgraciado se va directo al suelo, escuchándose un crujido seco y hueco.

Jadeante espero incorporado a un par de metros de él a que reaccione y se vuelva, el sujeto lo hace lentamente con su mandíbula colgando, chorreando de esa fea oquedad un gran volumen de sangre, saliva y no se qué mas fluidos. Sus ojos, perdidos e inyectados de sangre me “miran” con un dejo de reproche. Acto seguido y como de rayo, se apresura a reintentar el ataque pero ya lo estoy esperando. Me giro descolocándome de mi eje y el individuo me pasa de largo, cayendo en el interior de la cabina de un auto, gracias a una portezuela abierta dejada por algún conductor. Rápidamente me abalanzo contra la portezuela cerrándola con todo mi peso y apresándole las piernas que habían quedado de fuera. “¡¡Uno-dos-tres-cuatro-cinco-seis–siete-maldito-bastardo-rabioso-hijo-de-puta!!” gritaba a todo pulmón mientras arremetía cada vez con la portezuela contundentes y fortísimos golpes hasta que finalmente pudo embonar en su perfil, debajo del vehículo, un enorme charco de sangre y un par de miembros mutilados, adentro, la abominación retorciéndose de manera rápida y frenética como un pez fuera del agua, profiriendo desgarradores gritos de frustración y furia.

Con frío, doliéndome de mis heridas y jadeando por el efecto del gas, por fin y bajo muchos esfuerzos, salgo de la avenida principal y mi primera estrategia es intentar llegar al que pienso, aún es el lugar donde trabajo. Ahí podré curarme, reorganizarme con otros compañeros y lo más importante, comunicarme con mis seres queridos, pues el teléfono móvil se me ha quedado en el auto y no cargo más que lo que llevo puesto.

Al doblar una calle veo que la masa amorfa de atacantes invade la vía y destruyen rápidamente todo lo que ven a su paso. La única reacción que se me ocurre es trepar un poste del servicio telefónico y llegar hasta la azotea del edificio más cercano, los malditos aún no me han visto y probablemente pueda esquivarlos. Con movimientos entrecortados por mi punzante e hinchada rodilla, llego al tope de los peldaños del poste y me encaramo en la azotea como puedo.

Cuando me incorporo, logro posarme en la orilla del techo para revisar la situación. Lo que veo es digno de llamarse dantesco: incendios descontrolados a lo largo del paisaje, denso humo, disparos, vehículos en frenética fuga embistiéndolo todo, gritos desgarradores. Desde ahí me doy cuenta que estoy en el ojo del huracán, que la oleada de malnacidos crece exponencialmente y que ocupa cada vez más terreno en las calles.
No puedo regresar.
No puedo quedarme.
No puedo ver más allá sin que la corriente fétida de rabiosos lo cubra todo…
…lo destroce todo…
…lo devore todo…
…Mi pesadilla comenzó a las cinco de la mañana…
…¿Cómo y dónde tendrá fin?



Jejeje! ¡Esos mis cuatro! Espero que no se me hayan quedado dormidos con el anterior intento de relato. Se me ocurrió a manera de preámbulo de las entradas que precederán el día de hoy. Esto se debe a que este año quise ofrecerle un pequeñísimo y humilde homenaje a un personajazo que hoy cumple sus buenos y bien fajados 70 añotes, quien además nos ha deleitado con tres magníficas obras maestras, referentes fílmicos donde los haya, forjando con pútridas y reanimadas piezas humanas, lo que mi hermanito Zombi denomina acertadamente como el MONSTRUO MODERNO.

Señores, me inclino ante su majestad, el comandante supremo de las huestes fétidas, errantes y hambrientas, quien nos ha dado otra razón para seguirnos preparando, afilando día a día, callada y anónimamente nuestro instinto de conservación.

HAPPY BIRTHDAY MR. GEORGE ROMERO!!!
Thank you for create an universe where our most horrifying nightmares come to life, and for spur on deeply in a 12 year old boy´s mind, the urge for being always prepared for the awakening of that nightmare. Congrats in your 70th anniversary and May God cover you in blessings, health and well being for many years to come.

Sincerely

Garrison.

4 comentarios:

Malacero Cazador de Monstruos dijo...

Menos mal Mr. Garrison que has hecho tu el merecido homenaje a Mr. Romero porque mi blog ultimamente parece un tablon de anuncios sobre celebridades muertas o aniversarios de algo. Sobre el taller macgyverezco no pienso hacer mas comentario que: "la genialidad se da la mano con la locura". Tomo nota de este nuevo aparatejo de bajo presupuesto mas que impresionado y lo añadire con gusto a mi equipo de contencion personal. Un abrazo y que sean leves los madrugones con los bambinos.

Z0MBI dijo...

Fabuloso el relato, hermano. A buen seguro que saldrás con buen pie de ésta, armado hasta los dientes con las cosas más insospechadas y efectivas.

¡Un abrazo!

Garrison dijo...

Master Malacero, agradecido por sus comentarios quedo, Todo el equipamiento que verás queda perfecto para incluirlo en el ropero de los cazadores. lo bueno es que los chicos de la 55 to 1 Anti-Zombie Consulting Group y su departamento de investigación y desarrollo, nos están echando la mano, jeje.

Agradezco también la entrada dedicada en tu Blog, está excelente. Cuídate, feliz fin de semana y buena caza!

Garrison dijo...

Zombi, hermano, muchas gracias por tu comentario.

En efecto, las cosas más insospechadas, de las cuales estamos rodeados, nos van a sacar del apuro ..."El que tenga ojos que vea"... jejeje

Luego no se en qué terminará todo esto, tengo 3 jueves más para resolverlo :(

Que tengas un excelente fin de semana, Bro. mándale arrumacos surtidos a mis pequeños ninjas y un gran abrazo pa ti!

Later!